
He conocido de personas que duermen mucho, de unas que aunque no tan profundo lo hacen por considerable tiempo, de otras, por el contrario, que aunque duermen por lapsos breves lo hacen de forma profunda, pero nunca creí que algunas fueran capaces de hacerlo de forma tan desconsiderada y profundamente, a tal punto que ni haciendo caso a estímulos u otras acciones que interrumpan sus sueños dejen, en momento alguno, su estado, en un abandono total de su medio externo, para, simplemente, seguir durmiendo, como si lo demás no importase, como si fisiológicamente sus cuerpos, más que ellos mismos, debido a que en ese momento no son, vean de mayor importancia y consideración el sueño. El hecho es que nunca creí que uno de esos casos pudiera estar tan cerca en mi entorno.
Una vez en la que nos encontrábamos caminando en la calle, hablando de chismes, experiencias y chistes, paseando sin rumbo, acompañados por el viento, buscando divertirnos y en plan de hueveo. Kent, Walter y yo. En una tarde de domingo, un día templado, un día triste y frío, pero no apagado; una tarde de invierno, en La Victoria, en la que andábamos por la avenida Canadá; en uno de esos días en los cuales lo melancólico del medio incita a la nostalgia, a la meditación, al ensueño, oportunidad en la cual la ocurrencia de un hecho compensaría los ánimos de las circunstancias, de repente a Walter se le ocurrió contarnos una anécdota, que luego de pensarlo un poco comenzó:
_A que no saben lo que ocurrió el otro día.
_A ver, habla- dijo Kent.
_Lo que ocurrió fue una experiencia tan confusa como graciosa.
_Habla pues- dije yo.
_Sucede que el jueves pasado, a eso de las dos de la madrugada, más o menos, mientras a esas horas me encontraba durmiendo, de repente siento que estaban tocando a la puerta de mi cuarto, y lo hacían con tal fuerza e insistencia que al poco rato y, turbado completamente de mi sueño, pregunté quién era, aunque desganado y con sueño. Por un momento creí que se trataba de mi viejo, porque escuché una voz un poco parecida a la suya y hablaba a casi gritando, a lo que me dije: “Pucha, qué querrá ese on ¡y a estas horas!”. Porque a pesar de mi desgano aún recordaba que mi padre había ido a una fiesta y que, debido a ello, seguramente regresaría borracho.
_Jaja- profirió Kent, quien era el más risueño y alegre del grupo.
_Qué se hará con mi viejo- dije-. Cuando toma se pone jodido.
Walter, quien era tranquilo, pero terco y reacio al molestarse, siguió:
_La cosa es que cuando abrí la puerta, me gané una sorpresa: eran mi tía y mi tío Pepe. Les saludé, pero ni bien había acabado de hacerlo, mi tío, quien estaba con una cara de pocos amigos, se puso a decirme de todo. ¡Qué palta! Se puso a decirme mi vida. ¡Que por qué duermes tanto! ¡Que qué inconsciente eres! ¡Que si un día te quedabas solo y dormido te robaban la casa! ¡Que te podían hacer daño y tú ni cuenta te dabas! Y otras muchas cosas más. Y yo, que hasta ese momento no entendía nada, tuve que dejarme llevar por las circunstancias, escuchar todo lo que decía y dejar que se desahogara. Mientras que mi tía se reía de todo el espectáculo.
_Ja. ¡Que Bueena!- dijo Kent, a la vez que yo también me reía.
_Bueno- continuó Walter-, luego de un rato mi tío se quitó, aunque amargado y tenso, pero un “poco” más calmado. Cuando se fue también me sentí un poco más aliviado. Luego le pregunté a mi tía Sonia cuál había sido la historia y las razones por las cuales mi tío Pepe se había comportado así. De hecho me sorprendió verlo tan alterado, tan enfadado. Fue la primera vez que lo vi así y espero también que sea la última.
_Jaja- dije-. Pero qué vaina, yo no me imagino a mi tío en ese estado, rayado.
_Ah, yo tampoco- dijo Kent, puesto a que él conocía un poco a nuestro tío Pepe. Era sabido que nuestro tío era un tipo quien gustaba de gastar bromas, tomar el pelo y contar chistes o experiencias graciosas cada vez que se le presentaba la ocasión, sin dejar, claro, que las bromas se lo hagan a él o menos que lo agarren de punto, en ese aspecto era bien pendejo, y aunque claro, como era sabido, era alegre y, sí, buena gente en la mayoría de los casos-. Debió haber sido palta- agregó.
_Sí pues- contestó Walter-, fue toda una anécdota.
_Ja- dijo Kent.
_A ver sigue- le dije.
_Ya pues, la cosa es que luego mi tía Sonia me contó todo, con lujo de detalles, y vi que todo tenía sentido, mi tío tenía razones de sobra para amargarse conmigo. Lo que pasó fue esto: Mi tío Pepe, unas horas antes, había venido a la casa, para que yo le diera el termo con agua caliente, una casaca y una frazada. Objetos que él venía de paso a recoger para llevárselos a mi tía, quien se encontraba en el Hospital Grau, haciendo compañía a mi primita, la bebita, quien recién había sido hospitalizada, por su problema de hernia, razón por la cual ella se iba a quedar a pasar la noche en el hospital. Mi tío recogió las cosas y rápido se quitó. Hasta ese entonces él estaba de buen humor, como siempre. Hasta ahí yo me acordaba. Todo ese trajín había sido coordinado por mi mamá, desde La Merced, vía telefónica obviamente.
_A ya, hasta ahí todo OK- dije-. Justo yo estaba con mi mamá en La Merced por esos días- agregué.
_A ya, chévere- confirmó Kent, como diciendo que lo comprendía.
_Sí pues- prosiguió Walter-. Ese día mi hermano estaba en La Meche, mi mamá estaba en La Meche, yo estaba en la hato y mi papá estaba choborra.
La Meche solíamos llamar informalmente a La Merced.
_Jajaja- nos reímos yo y Kent.
_Bueno- siguió Walter-, lo que pasó luego, de que se fue mi tío, es que fui a la computadora y al cabo de un rato me fui a dormir.
_ ¿A qué hora más o menos?- Interrumpí.
_Ah, a eso de las diez y pico.
_A ya- dije-, sigue.
_Sigo. Me dijo mi tía que cuando llegó mi tío, éste le dio las cosas que había llevado: el termo, la casaca y esas cosas. Mi tía Sonia, quien justo había ido al hospital ese mismo día, estaba al tanto y cuidando a mi primita en cuanto podía. Le daba su leche, miraba lo que hacían las enfermeras y de vez en cuando entraba al cuarto donde se encontraba la bebita con otros bebitos. Y estuvo en ese plan desde el medio día hasta la noche, casi sin haber comido y sin haber llevado las cosas necesarias para su estancia y la estancia de la bebe en el hospital.
Fue por esas razones y además el haberle dicho a mi tío que ella se quedaría en el hospital, a pasar la noche, por las cuales mi tío Pepe le dijo que mejor vayan a mi casa, para aprovisionarse bien y a lo mejor para pasar la noche.
_Sigue- dijo Kent-, está interesante.
_La cuestión es que luego fueron a mi casa- continuó Walter. Nuestro departamento quedaba por la calle Arriola y la Av. Canadá-. Y para eso mi tía ya poseía las llaves, mi mamá se las había dejado. Cuando llegaron, a eso de las doce y media de la noche, primero tocaron el timbre, como para que yo les abriera la puerta, mas yo no escuché nada y ellos siguieron tocando. A lo que mi tío dijo: “Seguro se han quedado bien dormidos”. Y mi tía Sonia le dijo, luego de darle una afirmativa: “Utilicemos la llave. Mejor tú abre, no tengo muchas fuerzas”. Y mi tío se puso a intentar abrir la puerta. En un principio lo hizo tranquilo, pero al ver que la puerta no abría intentó poco a poco forzarla. El llavero sólo contaba con dos llaves, una de la puerta de la calle y la otra del departamento. Luego de un rato y al ver que no la abría, sospechó que la puerta estaba asegurada del otro lado, y en efecto fue así. Entonces mi tío comenzó a llamarme, primero tocando al timbre y luego gritando; mientras mi tía hacía lo mismo, telefoneando. Y sin embargo yo seguía hateando. No me daba cuenta de nada.
_Jaja- nos reímos yo y Kent nuevamente.
_Y luego de tanta gritadera- continuó Walter- mi tío Pepe ya se estaba amargando. “¡Tanto duerme esa gente!”, dijo. A lo que mi tía le dijo: “Ya no grites tanto, los vecinos se van a molestar. Mejor llamo a su padre y a lo mejor él nos abre”. Y fue así, mi tía llamó a mi viejo, para que les abra, mas éste, que se encontraba un poco ebrio y en compañía de sus amigos, le dijo: “Hola cuñada. Toquen la puerta, ahí se encuentra Walter, él les abrirá”. Y mi tía Sonia le dijo la situación, mas mi viejo le repitió lo mismo y le dijo que si es que pasaba algo le volvieran a llamar.
Mi tía le dijo lo conversado a mi tío, y fue ésta una razón más para ponerlo de mal humor. Al poco rato se vio a mi tío volviendo a forcejear la puerta y gritando. Y ante todo eso… se hizo la luz, proveniente del cuarto piso claro, el departamento donde vivía el dueño del edificio, con su familia.
_Jaja- interrumpió Kent.
_ La cosa es que ese tío- prosiguió Walter- se asomó por la ventana para ver quién hacía el escándalo. Por un rato ese tío estuvo viendo, aunque con extrañeza y desconfianza, a mi tía y mi tío. Éste último le dijo que eran parientes de la familia del departamento del segundo piso. Y, por dadas las circunstancias, se habían ganado la sorpresa de encontrar la puerta bien cerrada a su retorno del hospital, ciertamente a altas horas de la noche.
El tío, que en un principio no se decidía si hacerles caso o no, terminó accediendo, diciendo que pasaría la voz a los del segundo piso. Luego de un rato mis tíos escucharon, desde afuera, cómo el señor ese tocaba la puerta y pasaba la voz a la casa, sin obtener respuesta alguna, a lo que pasado unos minutos decidió mejor abrirles la puerta. Mis tíos se lo agradecieron y se disculparon por la molestia, a lo que luego el señor les dijo: “Parece que no hay nadie”. Y mi tío Pepe: “Sí pues, parece”.
Por fin sintieron un alivio y creyeron haber pasado lo más difícil, además de los otros inconvenientes de estar afuera a la intemperie, en una noche fría y cerrada, además de estar en una calle a esas horas desolada y con riesgos, como tal vez la presencia de borrachos y delincuentes. Así que ya una vez delante de la puerta, del departamento, decidieron no hacer bulla y abrirla pacíficamente. Pero cuál no sería su sorpresa y enfado al darse cuenta que la segunda puerta ¡tampoco abría!
_Jajaja- profirió Kent.
_Y otra vez estuvieron en el mismo plan: de intentar abrir y no poder, de forcejear y enfurecer, de llamar o gritar y silencio no hacer. Hasta que en una mi tío se rayó de lo más feo que un tipo como él puede hacerlo y comenzó a patear la puerta, de forma brutal, mientras mi tía le decía que se tranquilice y para sus adentros ella se reía. ¡Y yo ni cuenta!
_Ja. Hasta cuando duermes eres jodido- le dije.
_Ah- dijo Walter y continuó-. La cosa es que de tanto intentar y patadas tirar por fin abrieron la puerta. Esta vez demoraron menos que con la puerta anterior, demoraron como quince o veinte minutos, mientras que con la primera puerta casi una hora.
Una vez dentro por fin pudieron decir, a plenitud y verídicamente: ¡Lo logramos! Y lo primero que se pusieron a hacer fue ver si realmente había alguien en casa. Vieron el comedor y la sala, y nada; vieron en la computadora, tampoco; pensaron en la cocina, pero era obvio que nadie estaría; el cuarto de los padres, vacío. Y mi tío dijo, a la vez que echaba un vistazo panorámico al departamento: “Debí suponerlo, no hay nadie. ¡Ay Dios!, tanta vaina para nada”. A lo que luego, revisando bien la casa, encontraron la puerta de mi cuarto, al fondo del pasadizo, cerrada. Mi tío Pepe, quien hasta ese momento estaba casi convencido en sus argumentos, fue hacia el cuarto precipitadamente, como a quien se lo lleva el demonio, y al llegar a la puerta se ganó otra sorpresa: ¡La perilla estaba con seguro! A lo que él dijo: ¡¡¡CARAJO!!!
Y nos matamos de risa.

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