miércoles, 23 de septiembre de 2009

No llores más


Me encontraba caminando a casa, meditabundo y consternado, ante esa realidad que aún no me era posible creer. Las calles estaban desoladas y el cielo, también, estaba gris, como manifestando el estado de ánimo que de mí provenía. Los pasos me parecían interminables, las cuadras gigantes, el camino una eternidad. Estaba con la cabeza gacha, como arrepentido de algo que, sin embargo, no había hecho. La nostalgia enmarañable de ese ser era lo que me deprimía.
De pronto, sin que me lo hubiese imaginado, vino una violenta ráfaga de aire que me enfrió la cara y el cuerpo, esa ráfaga despertó mi estado de alerta, que se estaba adormeciendo. Luego, como si ese soplido de borrasca me estuviera avisando, me encontré frente a casa.
Naturalmente ingresé, olvidándome por completo que mis padres habían viajado, para encontrarse con lo que quedaba de ese ser, de quien, justo, estaba pensando. Llegué a la sala y sólo encontré a Boris, mi gato, que como siempre, al verme, se me acercó y se puso a acariciar mis canillas con su peludo cuerpecito.
Almorcé rápido y también le di su comida al gato, pues como era tarde y la hora de llegada de mis hermanos estaba próxima, tenía que apurarme si es que quería ver algo de mis programas favoritos, ya que, para cuando ellos llegaran, tendría que apagar el televisor y hacer mis labores.

Me acomodé en el sofá, que se situaba frente al televisor de la sala; dando la espalda al comedor y a la puerta de la cocina; y que también tenía vista lateral al pasadizo, donde se encontraban los cuartos y el baño. En fin, la casa era pequeña y todo se podía ver desde ese sofá o “Trono”, como lo solía llamar mi papá. Ese sofá era el asiento favorito de mi padre y no podía ser utilizado por otro que no fuera él o, salvo, bajo su autorización. Curiosamente estaba violando su ley, pero a mí me dio igual, total, no vendría sino hasta pasada una semana.

Me encontraba viendo la televisión con Boris, a mi costado, él se situaba a mi izquierda, con mira hacia el pasadizo. Eran las nueve de la noche y todo a mi alrededor estaba oscuro, excepto, claro, el televisor. Estaba viendo la televisión transcurridas varias horas y mis hermanos aún no llegaban, no obstante, me acordé que habían dicho que irían de compras, por lo que me quedé más tranquilo.

Por ratos, cuando estaba viendo la televisión, regresaban aquellos tristes pensamientos y hacían que yo me sienta afligido, víctima. Sin embargo, en lo posible trataba de mantener mi mente distraída.

No podía obviar o dejar de lado, así de fácil, un tema tan crudo y a la vez trágico que aconteció en la familia. El viaje que hizo aquella persona para no volver jamás, fue un pinchazo de aguja en el corazón para cada uno de los miembros de la familia, y a mí en lo particular me afectó más, puesto a que siempre fui bien unido a ella. Y en las circunstancias en las que me encontraba ahora, solo en la noche, en la casa, convenía más tratar de no pensar en ello, para así evitar caer en depresión, aunque muy apenado ya lo estaba.
Fue así como en una de esas ocasiones, y decidido ya a dejar de lado todo pensamiento nefasto, se me ocurrió distraerme con el gato, quien se encontraba entretenido mirando algo en el oscuro pasadizo.

Al principio y al observar al gato en primera instancia creí que se trataba de un ratón, pero al ver al minino tan quieto y sin hacer nada, sólo mirando, refuté la idea, ya que de haber sido como creí, el gato hubiera ido tras el ratón, en breve.
Intenté llamarle la atención de varias formas, mas éste no hacía caso. Se lo veía muy atento con lo que miraba.
Luego, como revisando al gato, quien no se movía para nada, y creyendo que nada más podría ocurrir durante el día, vi en sus ojos algo que me llamó la atención: Boris tenía sus ojos bien abiertos y fijos en algo que estaba en la oscuridad; sus ojos estaban mirando como si delante de ellos hubiera otra cosa o criatura, pero como aún extraña para él. Intenté no prestarle la suficiente atención para seguir viendo la tele, pero algo dentro de mí me impulsó a seguir observándolo, supongo que era la simple curiosidad, el no volver a mis tristes pensamientos y también el saber el porqué de la extrañeza con la que actuaba mi mascota. Al poco rato y al verlo bien vi que sus ojos miraban como si delante de ellos acechara una amenaza. Esos ojos me alarmaron.
Por un momento creí que de un intruso se trataba, mas no se escuchaba nada, ni pasos, ni movimientos, ni nada.


La luna estaba oscura, era luna nueva; el cielo estaba negro, más negro que el interior de una cueva.

Recordé que en situaciones parecidas, en las que los gatos se comportan de lo más extraño y parecen ponerse como en estado de alerta contra cualquier amenaza que viniera, la causa del estado podría deberse a la presencia de algún otro gato o animal, puesto a que en parte se trata de animales territoriales. Mas este caso parecía ser más raro o por lo menos a mí me lo parecía.

Después de todo no podía obviar la posibilidad de que se tratase de alguna otra persona o un delincuente.


La incomodidad iba en aumento, en ambos, puesto a que Boris miraba hacia el pasadizo como con más ahínco y ya casi no respiraba, mientras que yo, al igual que el gato, miraba a lo oscuro y no distinguía nada. Me olvidé por completo de la presencia del televisor, su sonido se ahogaba en el ambiente expectante. Por un momento tenía pensado ir, acercarme para ver si de verdad pasaba algo, pero algo dentro de mí me dijo que tal vez no sería prudente. Así que me contuve y esperé, esperé a que sucediera algo. Estaba con algo de miedo, incomodidad, pero sobretodo con ansias, ansias de que ocurriera algo.


Luego y repentinamente, el gato, quien tenía la vista clavada en ese algo, comenzó a seguir a ese algo con la mirada. Él movía la cabeza de derecha a izquierda, cuando supuestamente ese algo se movía en zigzag, en la oscuridad. Sin embargo, no se escuchaba nada y en lo oscuro todavía nada distinguía.

Todavía no me hacía idea de qué era de lo que se podría tratar, a lo que luego me vino a la mente: “Puede ser un insecto, una polilla. Algún animalillo nocturno, silencioso como la misma noche”. Por lo menos eso me daba algo de esperanza, pero sabía que ese argumento podría ser tan falible como el que lo fuera argumentar que esa presencia o cosa sea un ave, porque me acordé que todas, o casi todas, las ventanas de la casa estaban cerradas, y si es que un animal o bicho hubiese querido entrar, primero tendría que haber abierto la ventana y eso obviamente no podría estar a su alcance. Lo que parecía probable era que tal vez un ladrón haya ingresado, trayendo consigo alguna cosa como para distraer a la mascota de la casa. Al fin y al cabo no estaba muy seguro del todo, por un momento creí no estar seguro de nada.

Inesperadamente el minino se movió. Retrocedió un poco y se paró, sin quitar, para nada, la vista en ese algo. Supuestamente ese algo se dirigía hacia el gato, por lo tanto a mí también.
No estaba muy seguro de qué manera iba a reaccionar, el trance, que para ese rato ya comenzaba a serlo, albergaba mi ser, no sabía con certeza qué es lo que iba a presenciar, pero el solo hecho de saber que fuera lo que fuera esa cosa iba a salir a relucir, haría que por una parte me sienta con menos incertidumbre, como que complacido por obtener una respuesta, pero de ahí a lo que ocurriera luego me dejaba con otra nueva.

Por alguna razón me había acordado de un poema de El bostoniano, en el cual un joven solitario en su cuarto, al igual que yo, en una noche sombría y plutónica, alejado del mundo para centrarse en el mundo y pensamientos de sí mismo, a la vez que echando de menos a un ser querido que se fue, para no volver jamás, cabeceando casi dormido, en tristes reflexiones embebido, y leyendo un viejo libro y raro de olvidada ciencia… de repente siente que una misteriosa visita le llama a la puerta. Una visita que no olvidaría jamás. Ciertamente no esperaba que esa visita sea la mía. Y aunque no era de aquellas personas que creían en cosas y eran supersticiosas, solía mantener una posición no dogmática sino algo más bien neutra, escéptica.

Por un breve lapso de tiempo intenté ponerme tranquilo, me dije: “¿A qué tanto misterio? A lo mejor es una cosa de gatos”. Y por más que me daba ánimos o intentaba dar explicaciones lógicas a lo que ocurría, sabía que de verdad algo extraño pasaba con el felino. De hecho fue la primera vez que lo vi así.

El trance, que para ese rato ya era ello, por la tensión bien no me dejaba respirar; el gato que estaba tieso, su mirada no podía vacilar.


Por último, Boris hizo ademán como si delante de él pasara una persona, yo no veía nada, pero él no le quitó para nada la vista, además lejos de erizarse o alterarse, como me lo había imaginado que haría, paradójicamente se portó de forma calmada, pero no dejando que se lo viera menos tenso y anómalo, y giró la cabeza cuando supuestamente ese algo cruzó delante de nosotros, con rumbo a la cocina.

Una vez que la mirada del gato se detuvo en la cocina, hubo un silencio espectral. Mi mente no entendía nada, las ideas se me entremezclaban, se contradecían, había un caos y por más que intentaba pensar, las ideas de una respuesta, de mi mente, se alejaban. Estaba estupefacto, frío, hecho una tumba y tan pasmado y perplejo que hasta la sangre se me heló. Luego de la cocina se escuchó una voz, que dijo: _ No llores más.

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