viernes, 25 de septiembre de 2009

"Los cosacos" de León Tolstoi


Esta obra nos da una visión de cómo vivían los cosacos en su vida hogareña, en tiempos cuando no estaban teniendo guerras, en aldeas, en un medio rural y salvaje, rodeados de peligros y protegiendo sus dominios en nada menos que por el mismo Cáucaso (lugar donde ocurre la obra), un lugar alejado de la civilización, un lugar rudo, rodeado de amenazas (como las otras tribus y agrupaciones, como otros tipos de cosacos, bandidos, tártaros y un poco más al noroeste por turcos, que poco o casi no parecen en la obra, pero que, no obstante, están ahí, expectativos o sólo son nombrados). Ésta obra gira en torno a la vida de un militar ruso, Olenin, que pasa una temporada conviviendo con los cosacos, en su aldea, con sus costumbres, con su vida ruda y a la vez más libre y natural, rodeados de bellezas naturales y un medio en el cual la vida humana se muestra menos superficial. Sin duda una obra interesante, en el cual uno de mis personajes favoritos es el viejo, listo, pero fuerte Ieroshka, un personaje peculiar y llamativo. Lo recomiendo para las personas que quieren saber cómo fue la vida de los cosacos, cuando éstos no estaban en conflictos bélicos a gran escala. Para los que quieren ver a los cosacos en plena guerra, les recomiendo la obra "Tarás Bulba" de Nicolái Gógol. Ambas, buenas obras que nos refleja la vida de los cosacos, tanta íntima como externamente.

Poe: ¿Existe relación entre literatura y filosofía?


Como es sabido Edgar Allan Poe fue uno de los más geniales literatos de todos los tiempos y hablar de la magnificencia de su obra, así como de su influencia posterior en la literatura contemporánea, está de más decir, es obvia, cosmopolita y comprendida por muchos a nivel mundial. Es por eso que en la presente crítica ya no me dedicaré tanto a elogiarlo, como es hecho por varios de sus admiradores, sino por lo contrario o no tanto así, hablar de él y su segura relación con la filosofía, de probable naturaleza eclectica, no tal vez siendo él un filósofo académico ni notable, pero que sí se puede apreciar con claridad en los temas de sus obras. Además también diré algo de su importancia en la historia de la literatura y su noción filosófica del mundo y la importancia de la filosofía en la literatura. Una vez un desconocido, por medio de Youtube, a mi canal me dijo: _Veo que te agrada la literatura, ¿Haz leído a algún filósofo? ¿Tienes alguna corriente filosófica con la cual compaginar? Seguro que los grandes literatos compaginaban con cierta corriente filosófica, esperaré con gustos tus respuestas. Saludos. Y aunque no estaba seguro si me lo preguntaba con el afán de agarrarme por ignaro, o porque si de verdad estaba interesado en una buena respuesta, le dije, aunque un poco extrañado y con desconfianza: Hola amigo. Decir que hubo y hay grandes literatos que tengan relación con algunas corrientes filosóficas es cierto, aunque no en todos los casos, ya que, como es sabido, cada uno tubo una forma distinta de ver el mundo, lo cual lo plasmó en sus obras, y se distingue por su propio estilo. Lo cierto es que sí hubo personas que primero hayan sido filósofos y luego literatos, tales como Jean Paul Sartre y José Ortega y Gasset, y tal vez también Nietzche. Otros literatos que hayan tenido alguna relación directa o no con la filosofía son: Mario Vargas Llosa, Fiodor Dostoievski, León Tólstoi, Ernest Hemingway, Víctor Hugo, entre otros. Y tal vez también Edgar Allan Poe, quien dejó una tremenda influencia para la literatura posterior. Ya que, fue el abuelo o padre y tal vez maestro de: el relato de suspenso y terror, novela psicológica, novela policíaca, poesía innovadora que trataba de romper con lo tradicional y fue llevada a su explendor con los "poetas malditos" de Francia, en el s. XIX, tales como su fiel seguidor y divulgador Charles Baudelaire, autor de "Las flores del mal" (obra maestra en la cual se da una renovación total en la poesía moderna), y también una nueva concepción del amor y la muerte; también fue un maestro del relato corto, a la altura y tal vez mayor de Antón Chéjov y Guy de Maupassant. Lo cierto es que entre filosofía y literatura siempre habrá una conexión, ya sea utilizando a la filosofía como instrumento para la búsqueda universal de una interrogante ¿El porqué de la vida? ¿Qué significa la vida? Y ¿Qué significa la muerte? Hasta como medio estilístico para hacer un reclamo, un llamado a gran escala, una protesta contra los males e injusticias sociales, tales como lo hicieron los escritores rusos en el siglo XIX. La filosofía no es un dogma, no es algo privilegiado para un grupo menor, no es algo inalcanzable, simplemente es una forma de actuar.

Chopin: Un genio polaco


Sin duda Fréderic Chopin fue uno de los más grandes genios musicales que hayan existido, y no lo digo yo, varias personas que saben de música y de varias épocas, lo han catalogado como uno de los más emblemáticos compositores de todos los tiempos, junto a Beethoven, Amadeus Mozart, Vivaldi, entre otros. Este personaje a pesar de que existió posteriormente a los ya mencionados, que vale decir vivieron en el siglo XVIII, en el caso de Mozart entre 1756 y 1791 y de Beethoven de 1770 a 1827 (pero sus estilos pertenecían al Clásico, propio de finales del siglo XVIII) y el de Vivaldi al Barroco, que además predominó hasta finales de la segunda mitad del siglo XVIII, sirviendo de base para la música clásica, plenamente dicha, él, Chopin, fue influenciado por estas músicas, pero aún así su música ya no pertenecía a esas corrientes, pertenecía al romanticista y al ser de cierta forma más libre y abierta, a la visión y composición de formas más innovadoras y subjetivas para el autor, compósitor y/o músico, podía él plasmar en su música el sentimiento y la emoción de forma más imaginatiba, novelesca, profunda y por sobretodo libre. El amor por su tierra natal (Polonia), a la cual nunca olvidaría y de la que en parte basaría algunas de sus composiciones (polonesas, mazurcas), así como el cariño profundo a los suyos y a lo que hacía, además del recuerdo de un amor platónico en la adolescencia, que siempre mantendría en la memoria a lo largo de su vida (era un romántico), y la relación que mantuvo con George Sand, así como sus experiencias en París y en Viena, marcarían notablemente en su obra. Es por todas estas razones, además de la personalidad flemática, melancólica, sensible y humilde de Chopin, que su música y sus piezas musicales son obras excepcionales, geniales.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Profundo sueño


He conocido de personas que duermen mucho, de unas que aunque no tan profundo lo hacen por considerable tiempo, de otras, por el contrario, que aunque duermen por lapsos breves lo hacen de forma profunda, pero nunca creí que algunas fueran capaces de hacerlo de forma tan desconsiderada y profundamente, a tal punto que ni haciendo caso a estímulos u otras acciones que interrumpan sus sueños dejen, en momento alguno, su estado, en un abandono total de su medio externo, para, simplemente, seguir durmiendo, como si lo demás no importase, como si fisiológicamente sus cuerpos, más que ellos mismos, debido a que en ese momento no son, vean de mayor importancia y consideración el sueño. El hecho es que nunca creí que uno de esos casos pudiera estar tan cerca en mi entorno.

Una vez en la que nos encontrábamos caminando en la calle, hablando de chismes, experiencias y chistes, paseando sin rumbo, acompañados por el viento, buscando divertirnos y en plan de hueveo. Kent, Walter y yo. En una tarde de domingo, un día templado, un día triste y frío, pero no apagado; una tarde de invierno, en La Victoria, en la que andábamos por la avenida Canadá; en uno de esos días en los cuales lo melancólico del medio incita a la nostalgia, a la meditación, al ensueño, oportunidad en la cual la ocurrencia de un hecho compensaría los ánimos de las circunstancias, de repente a Walter se le ocurrió contarnos una anécdota, que luego de pensarlo un poco comenzó:

_A que no saben lo que ocurrió el otro día.

_A ver, habla- dijo Kent.

_Lo que ocurrió fue una experiencia tan confusa como graciosa.

_Habla pues- dije yo.

_Sucede que el jueves pasado, a eso de las dos de la madrugada, más o menos, mientras a esas horas me encontraba durmiendo, de repente siento que estaban tocando a la puerta de mi cuarto, y lo hacían con tal fuerza e insistencia que al poco rato y, turbado completamente de mi sueño, pregunté quién era, aunque desganado y con sueño. Por un momento creí que se trataba de mi viejo, porque escuché una voz un poco parecida a la suya y hablaba a casi gritando, a lo que me dije: “Pucha, qué querrá ese on ¡y a estas horas!”. Porque a pesar de mi desgano aún recordaba que mi padre había ido a una fiesta y que, debido a ello, seguramente regresaría borracho.

_Jaja- profirió Kent, quien era el más risueño y alegre del grupo.

_Qué se hará con mi viejo- dije-. Cuando toma se pone jodido.

Walter, quien era tranquilo, pero terco y reacio al molestarse, siguió:

_La cosa es que cuando abrí la puerta, me gané una sorpresa: eran mi tía y mi tío Pepe. Les saludé, pero ni bien había acabado de hacerlo, mi tío, quien estaba con una cara de pocos amigos, se puso a decirme de todo. ¡Qué palta! Se puso a decirme mi vida. ¡Que por qué duermes tanto! ¡Que qué inconsciente eres! ¡Que si un día te quedabas solo y dormido te robaban la casa! ¡Que te podían hacer daño y tú ni cuenta te dabas! Y otras muchas cosas más. Y yo, que hasta ese momento no entendía nada, tuve que dejarme llevar por las circunstancias, escuchar todo lo que decía y dejar que se desahogara. Mientras que mi tía se reía de todo el espectáculo.

_Ja. ¡Que Bueena!- dijo Kent, a la vez que yo también me reía.

_Bueno- continuó Walter-, luego de un rato mi tío se quitó, aunque amargado y tenso, pero un “poco” más calmado. Cuando se fue también me sentí un poco más aliviado. Luego le pregunté a mi tía Sonia cuál había sido la historia y las razones por las cuales mi tío Pepe se había comportado así. De hecho me sorprendió verlo tan alterado, tan enfadado. Fue la primera vez que lo vi así y espero también que sea la última.

_Jaja- dije-. Pero qué vaina, yo no me imagino a mi tío en ese estado, rayado.

_Ah, yo tampoco- dijo Kent, puesto a que él conocía un poco a nuestro tío Pepe. Era sabido que nuestro tío era un tipo quien gustaba de gastar bromas, tomar el pelo y contar chistes o experiencias graciosas cada vez que se le presentaba la ocasión, sin dejar, claro, que las bromas se lo hagan a él o menos que lo agarren de punto, en ese aspecto era bien pendejo, y aunque claro, como era sabido, era alegre y, sí, buena gente en la mayoría de los casos-. Debió haber sido palta- agregó.

_Sí pues- contestó Walter-, fue toda una anécdota.

_Ja- dijo Kent.

_A ver sigue- le dije.

_Ya pues, la cosa es que luego mi tía Sonia me contó todo, con lujo de detalles, y vi que todo tenía sentido, mi tío tenía razones de sobra para amargarse conmigo. Lo que pasó fue esto: Mi tío Pepe, unas horas antes, había venido a la casa, para que yo le diera el termo con agua caliente, una casaca y una frazada. Objetos que él venía de paso a recoger para llevárselos a mi tía, quien se encontraba en el Hospital Grau, haciendo compañía a mi primita, la bebita, quien recién había sido hospitalizada, por su problema de hernia, razón por la cual ella se iba a quedar a pasar la noche en el hospital. Mi tío recogió las cosas y rápido se quitó. Hasta ese entonces él estaba de buen humor, como siempre. Hasta ahí yo me acordaba. Todo ese trajín había sido coordinado por mi mamá, desde La Merced, vía telefónica obviamente.

_A ya, hasta ahí todo OK- dije-. Justo yo estaba con mi mamá en La Merced por esos días- agregué.

_A ya, chévere- confirmó Kent, como diciendo que lo comprendía.

_Sí pues- prosiguió Walter-. Ese día mi hermano estaba en La Meche, mi mamá estaba en La Meche, yo estaba en la hato y mi papá estaba choborra.

La Meche solíamos llamar informalmente a La Merced.

_Jajaja- nos reímos yo y Kent.

_Bueno- siguió Walter-, lo que pasó luego, de que se fue mi tío, es que fui a la computadora y al cabo de un rato me fui a dormir.

_ ¿A qué hora más o menos?- Interrumpí.

_Ah, a eso de las diez y pico.

_A ya- dije-, sigue.

_Sigo. Me dijo mi tía que cuando llegó mi tío, éste le dio las cosas que había llevado: el termo, la casaca y esas cosas. Mi tía Sonia, quien justo había ido al hospital ese mismo día, estaba al tanto y cuidando a mi primita en cuanto podía. Le daba su leche, miraba lo que hacían las enfermeras y de vez en cuando entraba al cuarto donde se encontraba la bebita con otros bebitos. Y estuvo en ese plan desde el medio día hasta la noche, casi sin haber comido y sin haber llevado las cosas necesarias para su estancia y la estancia de la bebe en el hospital.

Fue por esas razones y además el haberle dicho a mi tío que ella se quedaría en el hospital, a pasar la noche, por las cuales mi tío Pepe le dijo que mejor vayan a mi casa, para aprovisionarse bien y a lo mejor para pasar la noche.

_Sigue- dijo Kent-, está interesante.

_La cuestión es que luego fueron a mi casa- continuó Walter. Nuestro departamento quedaba por la calle Arriola y la Av. Canadá-. Y para eso mi tía ya poseía las llaves, mi mamá se las había dejado. Cuando llegaron, a eso de las doce y media de la noche, primero tocaron el timbre, como para que yo les abriera la puerta, mas yo no escuché nada y ellos siguieron tocando. A lo que mi tío dijo: “Seguro se han quedado bien dormidos”. Y mi tía Sonia le dijo, luego de darle una afirmativa: “Utilicemos la llave. Mejor tú abre, no tengo muchas fuerzas”. Y mi tío se puso a intentar abrir la puerta. En un principio lo hizo tranquilo, pero al ver que la puerta no abría intentó poco a poco forzarla. El llavero sólo contaba con dos llaves, una de la puerta de la calle y la otra del departamento. Luego de un rato y al ver que no la abría, sospechó que la puerta estaba asegurada del otro lado, y en efecto fue así. Entonces mi tío comenzó a llamarme, primero tocando al timbre y luego gritando; mientras mi tía hacía lo mismo, telefoneando. Y sin embargo yo seguía hateando. No me daba cuenta de nada.

_Jaja- nos reímos yo y Kent nuevamente.

_Y luego de tanta gritadera- continuó Walter- mi tío Pepe ya se estaba amargando. “¡Tanto duerme esa gente!”, dijo. A lo que mi tía le dijo: “Ya no grites tanto, los vecinos se van a molestar. Mejor llamo a su padre y a lo mejor él nos abre”. Y fue así, mi tía llamó a mi viejo, para que les abra, mas éste, que se encontraba un poco ebrio y en compañía de sus amigos, le dijo: “Hola cuñada. Toquen la puerta, ahí se encuentra Walter, él les abrirá”. Y mi tía Sonia le dijo la situación, mas mi viejo le repitió lo mismo y le dijo que si es que pasaba algo le volvieran a llamar.

Mi tía le dijo lo conversado a mi tío, y fue ésta una razón más para ponerlo de mal humor. Al poco rato se vio a mi tío volviendo a forcejear la puerta y gritando. Y ante todo eso… se hizo la luz, proveniente del cuarto piso claro, el departamento donde vivía el dueño del edificio, con su familia.

_Jaja- interrumpió Kent.

_ La cosa es que ese tío- prosiguió Walter- se asomó por la ventana para ver quién hacía el escándalo. Por un rato ese tío estuvo viendo, aunque con extrañeza y desconfianza, a mi tía y mi tío. Éste último le dijo que eran parientes de la familia del departamento del segundo piso. Y, por dadas las circunstancias, se habían ganado la sorpresa de encontrar la puerta bien cerrada a su retorno del hospital, ciertamente a altas horas de la noche.

El tío, que en un principio no se decidía si hacerles caso o no, terminó accediendo, diciendo que pasaría la voz a los del segundo piso. Luego de un rato mis tíos escucharon, desde afuera, cómo el señor ese tocaba la puerta y pasaba la voz a la casa, sin obtener respuesta alguna, a lo que pasado unos minutos decidió mejor abrirles la puerta. Mis tíos se lo agradecieron y se disculparon por la molestia, a lo que luego el señor les dijo: “Parece que no hay nadie”. Y mi tío Pepe: “Sí pues, parece”.

Por fin sintieron un alivio y creyeron haber pasado lo más difícil, además de los otros inconvenientes de estar afuera a la intemperie, en una noche fría y cerrada, además de estar en una calle a esas horas desolada y con riesgos, como tal vez la presencia de borrachos y delincuentes. Así que ya una vez delante de la puerta, del departamento, decidieron no hacer bulla y abrirla pacíficamente. Pero cuál no sería su sorpresa y enfado al darse cuenta que la segunda puerta ¡tampoco abría!

_Jajaja- profirió Kent.

_Y otra vez estuvieron en el mismo plan: de intentar abrir y no poder, de forcejear y enfurecer, de llamar o gritar y silencio no hacer. Hasta que en una mi tío se rayó de lo más feo que un tipo como él puede hacerlo y comenzó a patear la puerta, de forma brutal, mientras mi tía le decía que se tranquilice y para sus adentros ella se reía. ¡Y yo ni cuenta!

_Ja. Hasta cuando duermes eres jodido- le dije.

_Ah- dijo Walter y continuó-. La cosa es que de tanto intentar y patadas tirar por fin abrieron la puerta. Esta vez demoraron menos que con la puerta anterior, demoraron como quince o veinte minutos, mientras que con la primera puerta casi una hora.

Una vez dentro por fin pudieron decir, a plenitud y verídicamente: ¡Lo logramos! Y lo primero que se pusieron a hacer fue ver si realmente había alguien en casa. Vieron el comedor y la sala, y nada; vieron en la computadora, tampoco; pensaron en la cocina, pero era obvio que nadie estaría; el cuarto de los padres, vacío. Y mi tío dijo, a la vez que echaba un vistazo panorámico al departamento: “Debí suponerlo, no hay nadie. ¡Ay Dios!, tanta vaina para nada”. A lo que luego, revisando bien la casa, encontraron la puerta de mi cuarto, al fondo del pasadizo, cerrada. Mi tío Pepe, quien hasta ese momento estaba casi convencido en sus argumentos, fue hacia el cuarto precipitadamente, como a quien se lo lleva el demonio, y al llegar a la puerta se ganó otra sorpresa: ¡La perilla estaba con seguro! A lo que él dijo: ¡¡¡CARAJO!!!

Y nos matamos de risa.

No llores más


Me encontraba caminando a casa, meditabundo y consternado, ante esa realidad que aún no me era posible creer. Las calles estaban desoladas y el cielo, también, estaba gris, como manifestando el estado de ánimo que de mí provenía. Los pasos me parecían interminables, las cuadras gigantes, el camino una eternidad. Estaba con la cabeza gacha, como arrepentido de algo que, sin embargo, no había hecho. La nostalgia enmarañable de ese ser era lo que me deprimía.
De pronto, sin que me lo hubiese imaginado, vino una violenta ráfaga de aire que me enfrió la cara y el cuerpo, esa ráfaga despertó mi estado de alerta, que se estaba adormeciendo. Luego, como si ese soplido de borrasca me estuviera avisando, me encontré frente a casa.
Naturalmente ingresé, olvidándome por completo que mis padres habían viajado, para encontrarse con lo que quedaba de ese ser, de quien, justo, estaba pensando. Llegué a la sala y sólo encontré a Boris, mi gato, que como siempre, al verme, se me acercó y se puso a acariciar mis canillas con su peludo cuerpecito.
Almorcé rápido y también le di su comida al gato, pues como era tarde y la hora de llegada de mis hermanos estaba próxima, tenía que apurarme si es que quería ver algo de mis programas favoritos, ya que, para cuando ellos llegaran, tendría que apagar el televisor y hacer mis labores.

Me acomodé en el sofá, que se situaba frente al televisor de la sala; dando la espalda al comedor y a la puerta de la cocina; y que también tenía vista lateral al pasadizo, donde se encontraban los cuartos y el baño. En fin, la casa era pequeña y todo se podía ver desde ese sofá o “Trono”, como lo solía llamar mi papá. Ese sofá era el asiento favorito de mi padre y no podía ser utilizado por otro que no fuera él o, salvo, bajo su autorización. Curiosamente estaba violando su ley, pero a mí me dio igual, total, no vendría sino hasta pasada una semana.

Me encontraba viendo la televisión con Boris, a mi costado, él se situaba a mi izquierda, con mira hacia el pasadizo. Eran las nueve de la noche y todo a mi alrededor estaba oscuro, excepto, claro, el televisor. Estaba viendo la televisión transcurridas varias horas y mis hermanos aún no llegaban, no obstante, me acordé que habían dicho que irían de compras, por lo que me quedé más tranquilo.

Por ratos, cuando estaba viendo la televisión, regresaban aquellos tristes pensamientos y hacían que yo me sienta afligido, víctima. Sin embargo, en lo posible trataba de mantener mi mente distraída.

No podía obviar o dejar de lado, así de fácil, un tema tan crudo y a la vez trágico que aconteció en la familia. El viaje que hizo aquella persona para no volver jamás, fue un pinchazo de aguja en el corazón para cada uno de los miembros de la familia, y a mí en lo particular me afectó más, puesto a que siempre fui bien unido a ella. Y en las circunstancias en las que me encontraba ahora, solo en la noche, en la casa, convenía más tratar de no pensar en ello, para así evitar caer en depresión, aunque muy apenado ya lo estaba.
Fue así como en una de esas ocasiones, y decidido ya a dejar de lado todo pensamiento nefasto, se me ocurrió distraerme con el gato, quien se encontraba entretenido mirando algo en el oscuro pasadizo.

Al principio y al observar al gato en primera instancia creí que se trataba de un ratón, pero al ver al minino tan quieto y sin hacer nada, sólo mirando, refuté la idea, ya que de haber sido como creí, el gato hubiera ido tras el ratón, en breve.
Intenté llamarle la atención de varias formas, mas éste no hacía caso. Se lo veía muy atento con lo que miraba.
Luego, como revisando al gato, quien no se movía para nada, y creyendo que nada más podría ocurrir durante el día, vi en sus ojos algo que me llamó la atención: Boris tenía sus ojos bien abiertos y fijos en algo que estaba en la oscuridad; sus ojos estaban mirando como si delante de ellos hubiera otra cosa o criatura, pero como aún extraña para él. Intenté no prestarle la suficiente atención para seguir viendo la tele, pero algo dentro de mí me impulsó a seguir observándolo, supongo que era la simple curiosidad, el no volver a mis tristes pensamientos y también el saber el porqué de la extrañeza con la que actuaba mi mascota. Al poco rato y al verlo bien vi que sus ojos miraban como si delante de ellos acechara una amenaza. Esos ojos me alarmaron.
Por un momento creí que de un intruso se trataba, mas no se escuchaba nada, ni pasos, ni movimientos, ni nada.


La luna estaba oscura, era luna nueva; el cielo estaba negro, más negro que el interior de una cueva.

Recordé que en situaciones parecidas, en las que los gatos se comportan de lo más extraño y parecen ponerse como en estado de alerta contra cualquier amenaza que viniera, la causa del estado podría deberse a la presencia de algún otro gato o animal, puesto a que en parte se trata de animales territoriales. Mas este caso parecía ser más raro o por lo menos a mí me lo parecía.

Después de todo no podía obviar la posibilidad de que se tratase de alguna otra persona o un delincuente.


La incomodidad iba en aumento, en ambos, puesto a que Boris miraba hacia el pasadizo como con más ahínco y ya casi no respiraba, mientras que yo, al igual que el gato, miraba a lo oscuro y no distinguía nada. Me olvidé por completo de la presencia del televisor, su sonido se ahogaba en el ambiente expectante. Por un momento tenía pensado ir, acercarme para ver si de verdad pasaba algo, pero algo dentro de mí me dijo que tal vez no sería prudente. Así que me contuve y esperé, esperé a que sucediera algo. Estaba con algo de miedo, incomodidad, pero sobretodo con ansias, ansias de que ocurriera algo.


Luego y repentinamente, el gato, quien tenía la vista clavada en ese algo, comenzó a seguir a ese algo con la mirada. Él movía la cabeza de derecha a izquierda, cuando supuestamente ese algo se movía en zigzag, en la oscuridad. Sin embargo, no se escuchaba nada y en lo oscuro todavía nada distinguía.

Todavía no me hacía idea de qué era de lo que se podría tratar, a lo que luego me vino a la mente: “Puede ser un insecto, una polilla. Algún animalillo nocturno, silencioso como la misma noche”. Por lo menos eso me daba algo de esperanza, pero sabía que ese argumento podría ser tan falible como el que lo fuera argumentar que esa presencia o cosa sea un ave, porque me acordé que todas, o casi todas, las ventanas de la casa estaban cerradas, y si es que un animal o bicho hubiese querido entrar, primero tendría que haber abierto la ventana y eso obviamente no podría estar a su alcance. Lo que parecía probable era que tal vez un ladrón haya ingresado, trayendo consigo alguna cosa como para distraer a la mascota de la casa. Al fin y al cabo no estaba muy seguro del todo, por un momento creí no estar seguro de nada.

Inesperadamente el minino se movió. Retrocedió un poco y se paró, sin quitar, para nada, la vista en ese algo. Supuestamente ese algo se dirigía hacia el gato, por lo tanto a mí también.
No estaba muy seguro de qué manera iba a reaccionar, el trance, que para ese rato ya comenzaba a serlo, albergaba mi ser, no sabía con certeza qué es lo que iba a presenciar, pero el solo hecho de saber que fuera lo que fuera esa cosa iba a salir a relucir, haría que por una parte me sienta con menos incertidumbre, como que complacido por obtener una respuesta, pero de ahí a lo que ocurriera luego me dejaba con otra nueva.

Por alguna razón me había acordado de un poema de El bostoniano, en el cual un joven solitario en su cuarto, al igual que yo, en una noche sombría y plutónica, alejado del mundo para centrarse en el mundo y pensamientos de sí mismo, a la vez que echando de menos a un ser querido que se fue, para no volver jamás, cabeceando casi dormido, en tristes reflexiones embebido, y leyendo un viejo libro y raro de olvidada ciencia… de repente siente que una misteriosa visita le llama a la puerta. Una visita que no olvidaría jamás. Ciertamente no esperaba que esa visita sea la mía. Y aunque no era de aquellas personas que creían en cosas y eran supersticiosas, solía mantener una posición no dogmática sino algo más bien neutra, escéptica.

Por un breve lapso de tiempo intenté ponerme tranquilo, me dije: “¿A qué tanto misterio? A lo mejor es una cosa de gatos”. Y por más que me daba ánimos o intentaba dar explicaciones lógicas a lo que ocurría, sabía que de verdad algo extraño pasaba con el felino. De hecho fue la primera vez que lo vi así.

El trance, que para ese rato ya era ello, por la tensión bien no me dejaba respirar; el gato que estaba tieso, su mirada no podía vacilar.


Por último, Boris hizo ademán como si delante de él pasara una persona, yo no veía nada, pero él no le quitó para nada la vista, además lejos de erizarse o alterarse, como me lo había imaginado que haría, paradójicamente se portó de forma calmada, pero no dejando que se lo viera menos tenso y anómalo, y giró la cabeza cuando supuestamente ese algo cruzó delante de nosotros, con rumbo a la cocina.

Una vez que la mirada del gato se detuvo en la cocina, hubo un silencio espectral. Mi mente no entendía nada, las ideas se me entremezclaban, se contradecían, había un caos y por más que intentaba pensar, las ideas de una respuesta, de mi mente, se alejaban. Estaba estupefacto, frío, hecho una tumba y tan pasmado y perplejo que hasta la sangre se me heló. Luego de la cocina se escuchó una voz, que dijo: _ No llores más.

Fatídico enemigo


Eran sus últimos días y la noticia de su pronta partida me estremeció e hirió como si de una flecha fría se tratase.

Ella era, desde hace tiempo, como una guía, una madre, una protectora de mi integridad; como una base, una piedra, los cimientos de mi identidad. De que no haber existido, posiblemente, yo hubiese sido otra. Ella fue, desde antes y durante mi existencia, más que una tía, una madre.

Imaginar el solo recuerdo de su partida me agobiaba sobremanera; el recordar anécdotas y experiencias vividas, que con ella tuve, me alegraban de alguna manera. Yo estaba triste, pensando lo inevitable, queriendo hacer algo en contra. Pero al ver que nada podía, me resigné y me decidí acompañarla hasta el final de sus días.

Fue así como me decidí de pleno a estar con ella, hasta su pronta partida. El lugar, a pleno acuerdo, fue un hospital, de modesta estructura, pero cálida acogida.

El diagnóstico que le dieron los médicos fue de cáncer terminal. Ella había llegado para cuando su enfermedad habíase desarrollado considerablemente.

Su enfermedad ya de antes había avanzado, silenciosa y sigilosa, esperando el momento final, como si de una fiera se tratase, que se aguardase rebelar oportunamente.

Todas las noches, al igual que todas las horas después del meridiano, las pasaba a ella acompañando, en el hospital, en su cuarto, sentada al lado de su cama; con ella hablando, rememorando, aprovechando que aún no me hacía falta. Y recordando, olvidando, evitando pensar en el momento final.

Por ratos, cuando ella durmiendo en su cama estaba, yo la veía como a un ángel, como a un niño, como a un ente que irradiaba dulzura. No obstante, algunas veces la veía como si estuviese sumida en una no muy prolongada muerte y próxima a su inevitable sepultura.

Esto me hacía pensar en qué corta y efímera era la vida, en qué tonto era todo eso de querer quitarse la vida, en qué tonto era todo eso de matarse trabajando y dar todo su tiempo a ello, privándose del disfrutar de la vida, y, por sobre todo, pensar en qué vano sería el simple hecho de existir si posteriormente uno en el olvido quedaría.

Embebida estaba en estos pensamientos cuando de repente, en una, la durmiente despertó gritando.

Una vez más aquellos terribles dolores comenzaron a azotarla. Y yo, como de extraña costumbre, llamé al médico y a la enfermera, para que se hagan cargo de tratarla.

Era una situación estresante y sorpresiva que hacía que yo me sienta vana, tensionada, incompetente y por sobre todo afligida. Era como si en el laberinto del minotauro estuviese perdida, en una guerra sin cuartel; una situación azarosa, donde lo inevitable podría ser previsto y lo evitable, no; una situación donde los resultados no dependían de mí, dependían de la bestia, dependían del cáncer.

Posteriormente, cuando el médico salía aliviado, pasado el momento de crisis, yo volvía al cuarto y me volvía a sentar al lado de su lecho. Ahí la volvía a ver, frágil, delicada, con una mirada débil, triste y consternada, y unos ojos mirando al vacío, extasiados, serenos, suplicantes de un pronto final para el martirio.

Ante esas situaciones yo solía consolarla, le hablaba, le hacía caricias, le daba palabras de aliento, mas ella paraba triste, acongojada, sabiendo que su fin estaba viniendo.

Pasado un rato, luego de breves palabras e intercambios amenos, ambas, nos quedábamos durmiendo.

Pasado varios días, y para nuestra sorpresa, familiares llegaron. La alegría y el alivio de sentir que aún no estábamos solas, nos desestresaba y llenaban de dicha, tanto a mí y a ella, en grado sobremanera.

Era como si en tanta desdicha y tinieblas la esperanza, de un rayo de luz, hacia nosotros viniera. No obstante sabía que, todo ello, tan rápido como venía se iría.

Tras unos días de amena compañía e imprevisiblemente, parecía que la enferma comenzó a recuperarse.

En efecto, el médico dijo que sus signos vitales comenzaron a superarse y si es que a unas intervenciones se sometía, podría prolongar un poco más su falaz existencia.

La noticia de su inesperada mejora, nos alegró tanto y renovó las esperanzas, a tal punto que en un momento pensamos que bien era una idea, de los asistentes, para mejorarnos los ánimos, que hasta hace poco se estaban perdiendo.

Pero tras esa apariencia de mejora, tan extraña como pronta, tan inesperada como prometedora, yo dudaba y cavilaba, a tal punto en que no me creía del todo en ello, como adivinando que había algo, algo atrás de ello, algo que esperaba aguardar y aparecerse rebelar… en el momento final.

Pasaron varios días y la enferma, contradictoriamente a lo que había pensado, parecía irse recobrando y ganando vitalidad cada día más, como si hubiese podido dominar a su propia enfermedad.

Por otra parte la familia y los asistentes parecían estar convencidos, convencidos que todos ellos, más la enferma, podrían hacer algo en contra del fatídico enemigo, dominarlo, contraatacarlo, pararlo, tal vez tardarlo. Mas yo no me creía del todo en ello.

Una noche, como en cualquiera de esas noches, en que me encontraba junto al lecho, donde ella dormitaba, acompañada, a la vez, por una prima, que se situaba sentada al otro lado de la cama, me puse a pensar en todo lo que hasta entonces me había puesto a pensar. A pensar en la vida, la muerte, la enfermedad, el alivio y todo sin mostrar, en ningún momento, ni el más mínimo gesto de remordimiento.

Era como si en mi mente tuviera un océano de pensamientos, pero ninguno acertado al momento previo al fallecimiento. Era como si mis ideas estuviesen erradas, buscando aferrarse a comodines inciertos.

Estaba en ello cuando de repente un movimiento brusco, de la enferma, me exasperó asustando. Era como si de una corta y repentina convulsión se despertara agitando. Acto seguido, y sin mirar a nadie, ni a la prima ni a mí, levantó la mano al cielo, como buscando señalar a algo, algo por encima y delante de ella, con unos ojos sorprendidos y bien abiertos, mirando hacia arriba, mirando hacia el techo, mirando algo extraño, confuso e incierto.

Por un momento creí que se trataba de una broma, de muy mal gusto por cierto, pero al verla tan quieta y concentrada, como queriendo demostrar algo y hacer algo y a la vez nada, simplemente me limité a observarla.

Por otra parte, al otro lado del lecho, vi a mi prima haciendo lo mismo, mirando confusa, mirando con desacierto.

Cuando de repente la malsana a decir unas palabras comenzó. La escuché decir:

_ ¿Mamá? ¿Mamá? ¿Eres tú mamá?

Y ante el silencio sepulcral, yo y mi prima no escuchamos nada, mas la enferma pareció que sí, y dijo:

_ ¿Mamá? ¡Mamá! ¿Eres tú mamá? ¿Qué haces ahí mamá?

Y nuevamente sus palabras se ahogaban en el eco, de un cuarto reducido, acogedor y maltrecho, al lado de una ventana, por la que se veía: una noche sin luna, sin estrellas y en total calma.

Posteriormente, a ella se la veía escuchar, bien atenta, un sonido imperceptible y sordo, al cual ella escuchaba con ansias. Luego volvió a hablar:

_ ¿Por qué están ahí y no acá? ¿Por qué no se vienen para acá?

Y como si a sus amigos imaginarios, les faltara tiempo, comenzaron a decirle cosas, en disparejo, incierto y anacrónico tiempo, las cuales ella escuchaba, bien atenta, con una mirada fija y desquiciada, ignorante de la presencia de ambas, de la prima y de mí. Le dijeron cosas que, al leer en su rostro, nos llamaron más la atención. Y ella dijo:

_ ¿Sólo yo y nadie más? ¿Y todo eso por nunca más?

Y luego de un momento, de prolongada pausa, silencio ultratumbal, sordidez total y una noche profundamente oscura y sin igual, como llegado a un acuerdo, ella dijo:

_ Está bien, sólo yo. ¡Y todo eso por nunca más!

Inmediatamente y tras decir éstas últimas palabras, calló su brazo, se cerraron sus ojos, y su cabeza para un lado se tumbó.

Cuando yo y mi prima salimos de nuestro ensimismamiento, fuimos a revisarla, rápida, pero dubitativamente. La encontramos fría, inconciente, con una temperatura helada y, por sobre todo, con el cuerpo inerte. ¿Qué habría sido lo que ocurrió?- Pensamos. Puesto a que lo que habíamos experimentado fue un hecho tan raro, como perturbador. Estar sentadas al lado de la enferma, como para hacerle compañía y ayudarla en cuanto podíamos, y de improviso ocurre algo tan extraño que de pronto nos deja atónitas y perplejas.

Luego, cuando nos dimos cuenta… ella estaba muerta.