
Eran sus últimos días y la noticia de su pronta partida me estremeció e hirió como si de una flecha fría se tratase.
Ella era, desde hace tiempo, como una guía, una madre, una protectora de mi integridad; como una base, una piedra, los cimientos de mi identidad. De que no haber existido, posiblemente, yo hubiese sido otra. Ella fue, desde antes y durante mi existencia, más que una tía, una madre.
Imaginar el solo recuerdo de su partida me agobiaba sobremanera; el recordar anécdotas y experiencias vividas, que con ella tuve, me alegraban de alguna manera. Yo estaba triste, pensando lo inevitable, queriendo hacer algo en contra. Pero al ver que nada podía, me resigné y me decidí acompañarla hasta el final de sus días.
Fue así como me decidí de pleno a estar con ella, hasta su pronta partida. El lugar, a pleno acuerdo, fue un hospital, de modesta estructura, pero cálida acogida.
El diagnóstico que le dieron los médicos fue de cáncer terminal. Ella había llegado para cuando su enfermedad habíase desarrollado considerablemente.
Su enfermedad ya de antes había avanzado, silenciosa y sigilosa, esperando el momento final, como si de una fiera se tratase, que se aguardase rebelar oportunamente.
Todas las noches, al igual que todas las horas después del meridiano, las pasaba a ella acompañando, en el hospital, en su cuarto, sentada al lado de su cama; con ella hablando, rememorando, aprovechando que aún no me hacía falta. Y recordando, olvidando, evitando pensar en el momento final.
Por ratos, cuando ella durmiendo en su cama estaba, yo la veía como a un ángel, como a un niño, como a un ente que irradiaba dulzura. No obstante, algunas veces la veía como si estuviese sumida en una no muy prolongada muerte y próxima a su inevitable sepultura.
Esto me hacía pensar en qué corta y efímera era la vida, en qué tonto era todo eso de querer quitarse la vida, en qué tonto era todo eso de matarse trabajando y dar todo su tiempo a ello, privándose del disfrutar de la vida, y, por sobre todo, pensar en qué vano sería el simple hecho de existir si posteriormente uno en el olvido quedaría.
Embebida estaba en estos pensamientos cuando de repente, en una, la durmiente despertó gritando.
Una vez más aquellos terribles dolores comenzaron a azotarla. Y yo, como de extraña costumbre, llamé al médico y a la enfermera, para que se hagan cargo de tratarla.
Era una situación estresante y sorpresiva que hacía que yo me sienta vana, tensionada, incompetente y por sobre todo afligida. Era como si en el laberinto del minotauro estuviese perdida, en una guerra sin cuartel; una situación azarosa, donde lo inevitable podría ser previsto y lo evitable, no; una situación donde los resultados no dependían de mí, dependían de la bestia, dependían del cáncer.
Posteriormente, cuando el médico salía aliviado, pasado el momento de crisis, yo volvía al cuarto y me volvía a sentar al lado de su lecho. Ahí la volvía a ver, frágil, delicada, con una mirada débil, triste y consternada, y unos ojos mirando al vacío, extasiados, serenos, suplicantes de un pronto final para el martirio.
Ante esas situaciones yo solía consolarla, le hablaba, le hacía caricias, le daba palabras de aliento, mas ella paraba triste, acongojada, sabiendo que su fin estaba viniendo.
Pasado un rato, luego de breves palabras e intercambios amenos, ambas, nos quedábamos durmiendo.
Pasado varios días, y para nuestra sorpresa, familiares llegaron. La alegría y el alivio de sentir que aún no estábamos solas, nos desestresaba y llenaban de dicha, tanto a mí y a ella, en grado sobremanera.
Era como si en tanta desdicha y tinieblas la esperanza, de un rayo de luz, hacia nosotros viniera. No obstante sabía que, todo ello, tan rápido como venía se iría.
Tras unos días de amena compañía e imprevisiblemente, parecía que la enferma comenzó a recuperarse.
En efecto, el médico dijo que sus signos vitales comenzaron a superarse y si es que a unas intervenciones se sometía, podría prolongar un poco más su falaz existencia.
La noticia de su inesperada mejora, nos alegró tanto y renovó las esperanzas, a tal punto que en un momento pensamos que bien era una idea, de los asistentes, para mejorarnos los ánimos, que hasta hace poco se estaban perdiendo.
Pero tras esa apariencia de mejora, tan extraña como pronta, tan inesperada como prometedora, yo dudaba y cavilaba, a tal punto en que no me creía del todo en ello, como adivinando que había algo, algo atrás de ello, algo que esperaba aguardar y aparecerse rebelar… en el momento final.
Pasaron varios días y la enferma, contradictoriamente a lo que había pensado, parecía irse recobrando y ganando vitalidad cada día más, como si hubiese podido dominar a su propia enfermedad.
Por otra parte la familia y los asistentes parecían estar convencidos, convencidos que todos ellos, más la enferma, podrían hacer algo en contra del fatídico enemigo, dominarlo, contraatacarlo, pararlo, tal vez tardarlo. Mas yo no me creía del todo en ello.
Una noche, como en cualquiera de esas noches, en que me encontraba junto al lecho, donde ella dormitaba, acompañada, a la vez, por una prima, que se situaba sentada al otro lado de la cama, me puse a pensar en todo lo que hasta entonces me había puesto a pensar. A pensar en la vida, la muerte, la enfermedad, el alivio y todo sin mostrar, en ningún momento, ni el más mínimo gesto de remordimiento.
Era como si en mi mente tuviera un océano de pensamientos, pero ninguno acertado al momento previo al fallecimiento. Era como si mis ideas estuviesen erradas, buscando aferrarse a comodines inciertos.
Estaba en ello cuando de repente un movimiento brusco, de la enferma, me exasperó asustando. Era como si de una corta y repentina convulsión se despertara agitando. Acto seguido, y sin mirar a nadie, ni a la prima ni a mí, levantó la mano al cielo, como buscando señalar a algo, algo por encima y delante de ella, con unos ojos sorprendidos y bien abiertos, mirando hacia arriba, mirando hacia el techo, mirando algo extraño, confuso e incierto.
Por un momento creí que se trataba de una broma, de muy mal gusto por cierto, pero al verla tan quieta y concentrada, como queriendo demostrar algo y hacer algo y a la vez nada, simplemente me limité a observarla.
Por otra parte, al otro lado del lecho, vi a mi prima haciendo lo mismo, mirando confusa, mirando con desacierto.
Cuando de repente la malsana a decir unas palabras comenzó. La escuché decir:
_ ¿Mamá? ¿Mamá? ¿Eres tú mamá?
Y ante el silencio sepulcral, yo y mi prima no escuchamos nada, mas la enferma pareció que sí, y dijo:
_ ¿Mamá? ¡Mamá! ¿Eres tú mamá? ¿Qué haces ahí mamá?
Y nuevamente sus palabras se ahogaban en el eco, de un cuarto reducido, acogedor y maltrecho, al lado de una ventana, por la que se veía: una noche sin luna, sin estrellas y en total calma.
Posteriormente, a ella se la veía escuchar, bien atenta, un sonido imperceptible y sordo, al cual ella escuchaba con ansias. Luego volvió a hablar:
_ ¿Por qué están ahí y no acá? ¿Por qué no se vienen para acá?
Y como si a sus amigos imaginarios, les faltara tiempo, comenzaron a decirle cosas, en disparejo, incierto y anacrónico tiempo, las cuales ella escuchaba, bien atenta, con una mirada fija y desquiciada, ignorante de la presencia de ambas, de la prima y de mí. Le dijeron cosas que, al leer en su rostro, nos llamaron más la atención. Y ella dijo:
_ ¿Sólo yo y nadie más? ¿Y todo eso por nunca más?
Y luego de un momento, de prolongada pausa, silencio ultratumbal, sordidez total y una noche profundamente oscura y sin igual, como llegado a un acuerdo, ella dijo:
_ Está bien, sólo yo. ¡Y todo eso por nunca más!
Inmediatamente y tras decir éstas últimas palabras, calló su brazo, se cerraron sus ojos, y su cabeza para un lado se tumbó.
Cuando yo y mi prima salimos de nuestro ensimismamiento, fuimos a revisarla, rápida, pero dubitativamente. La encontramos fría, inconciente, con una temperatura helada y, por sobre todo, con el cuerpo inerte. ¿Qué habría sido lo que ocurrió?- Pensamos. Puesto a que lo que habíamos experimentado fue un hecho tan raro, como perturbador. Estar sentadas al lado de la enferma, como para hacerle compañía y ayudarla en cuanto podíamos, y de improviso ocurre algo tan extraño que de pronto nos deja atónitas y perplejas.
Luego, cuando nos dimos cuenta… ella estaba muerta.

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