
Esta es una historia que me contó un amigo de “La Merced”, una bella ciudad situada en la ceja de selva del Perú, atractiva tanto por sus paisajes y zonas de aventura y excursión como por la rica cultura nativa y regional que tiene, entre ellas mitos y leyendas.
Cuenta mi amigo (al cual a pesar de haberlo conocido no hace mucho, no por ello quiere decir que no me pueda fiar de él; en sí es tranquilo y si lo conocí fue por una amiga de allá) que una experiencia tan llamativa como inquietante habíase acontecido una vez en su casa. Y no se trataba de algo con relación a fantasmas, aparecidos, presencias u otros seres que no pertenecen al mundo de los vivos, sino por lo contrario trataba de algo más bien con seres en concreto y vivos, en el caso de su anécdota, animales.
Dijo que una vez en su casa, que estaba a los pies de un monte, de los tantos montes que hay allá y cercanos a la ciudad, tuvo dos gatas, unas criaturas majestuosas y vivaces tanto por sus pelajes y cuerpos bien formados como por su astucia, inteligencia y cariño que inspiraban y daban. Una era blanca y la otra era de color pardo. Las cuales al llegar a su madurez habían sido preñadas por primera vez. Su familia y él más que todos, Miguel se llama mi amigo, se habían alegrado de esa noticia e incluso esperaban con ansias a que llegue el día en que nacieran las crías, momento que se hizo esperar por mucho. No se supo quién sería el futuro padre de esas crías, pero más o menos se hacían la idea de que las dos gatas fueron fecundadas por dos gatos distintos, debido a que cuando una de ellas dio a luz a sus crías la otra no lo hizo sino hasta pasada dos semanas más tarde.
La primera que había dado crías fue la gata de color pardo, quién en comparación con la gata blanca no era tan hermosa ni por ello tan vanidosa, sin embargo sus crías a pesar de que en un principio parecían feas, pasado un tiempo se hicieron más encantadoras, debido a que adquirieron más forma y color.
Pasado el tiempo estimado la gata blanca dio a luz. Todos o casi todos de la familia habían ido a ver ese acontecimiento, a pesar de que la gata quería hacerlo en secreto. Miguel estuvo presente ahí, y auxilió a la gata en cuanto pudo, no obstante él y su familia se ganaron una sorpresa y cierto desasosiego al darse cuenta que esa gata sólo dio a luz a una sola cría viva y que los otros gatitos habían nacido muertos y apachurrados. Y eso no es todo, porque no podían considerar que la supervivencia de ese gatito haya sido un milagro, debido a que no nació sanito sino más bien muy defectuoso y hasta cierto punto deforme. El gatito nació ciego, con una pata atrofiada y volteada hacia atrás (no se movía para nada de su sitio atrás en la espalda), tenía también una oreja atrofiada, que ni mención de oreja debía tener, tenía un pelaje oscuro y feo, era escuálido y desde que nació en adelante casi siempre conservaría la misma fisionomía; al parecer había nacido mal de unos órganos porque desde que nació presentó problemas respiratorios, además en cuanto a su sexo no se sabía muy bien qué es lo que era, debido a que había nacido con genitales ambiguos, y sobretodo parecía también tener problemas intestinales o estomacales porque casi siempre hacía diarreas y parecía no asimilar bien los alimentos que se le daban.
Ese gatito desde un primer momento asustó a la familia, mas a Miguel no, él por otra parte se compadeció de esa criatura y desde entonces se encargó de cuidarla y alimentarla. La gata por su lado, al darse cuenta de la cosa fétida que había parido, poco tiempo después del nacimiento dejó a su cría sin cuidados y a su suerte, como si no le importara la vida de su propia prole, menos mal en esa casa estaba presente Miguel, quien no descuidó para nada al gatito. Él mismo solía darle un tazoncito con leche y algo de pedacitos de pan remojados en esa leche, para que así el gatito se alimentara y no se muriera de hambre, razón con la que la familia suponía se iba a morir, incluso él mismo guiaba con sus manos la cabecita del gatito desafortunado a donde debía consumir sus alimentos. Estuvo en ese plan cuidando y alimentando al gatito hasta que poco a poco lo vio crecer y en cierta forma tomar algo de cuerpo. No obstante, cuando él se sentaba en la sala con la criatura cerca suyo, veía cómo ese gatito cada vez que quería ir de un lugar a otro, con sus tres patas, se chocaba con lo que tenía delante suyo y con otras cosas que estaban por ahí. Esos ojos defectuosos del gatito y sus diminutos bigotes no le permitían situarse bien en el espacio ni saber de las cosas que estaban en su entorno, y varias veces por eso ese animalito se paraba chocando y golpeando con todo lo que se le cruzaba, algunas veces dañándose seriamente. Y eso no es todo porque si no se golpeaba él mismo su mamá solía hacerlo. Desde poco de haber nacido, esa criatura, su mamá además de no cuidarla la maltrataba y si no hubiera sido por Miguel, quien al darse cuenta de lo que hacía le daba una reprimenda y castigo a la gata desnaturalizada, seguro hasta lo hubiese matado. Sin embargo la gata con el tiempo parecía ir entendiendo y poco a poco dejó al gatito en paz, no obstante al ver que su amo prestaba más atención al gatito deforme que a ella, fue cultivando un espíritu de recelo, odio y revancha.
Una vez en la que Miguel estaba durmiendo, solo en su cuarto como era de costumbre, a media noche siente que algo peludo se desliza junto a él, en su cama, él tenía la costumbre algunas veces de dormir con sus gatos y en particular con la gata blanca, quien pese a haberse comportado mal, al despreocuparse de su cría y dejarla a su suerte, solía ir algunas veces a echarse junto a su amo, como tenía por hábito, como si nada de lo suscitado hace poco hubiera tenido relevancia para ella, porque de haber sido una madre amorosa y ejemplar hubiese estado cuidando de su cría y pasando las noches con ella, Miguel al darse cuenta semiinconscientemente de ello decidió seguir durmiendo. Incluso algunas veces la gata se amanecía ahí al lado de su dueño, tras haber dormido profunda y despreocupadamente. Sin embargo esa noche sería muy diferente.
Al día siguiente cuando amaneció, Miguel se levantó y sintió haber tenido un buen descanso, se sentía con ganas de comenzar su día vigorosamente, de realizar sus labores a conciencia y responsablemente, de ir ayudar a su mamá en lo que podía y a esas horas preparar el desayuno, tenía ganas de ir a ver a su enamorada y pasar un par de horas con ella, y tenía ganas de hacer un sinnúmero de cosas porque se encontraba en un día en el cual no tenía responsabilidades académicas ni de otra índole rigurosa, era un día domingo, muy soleado, prometedor y alegre, y en el cual a simple vista no parecía haber espacio ni tiempo para un acontecimiento triste y desafortunado. Lo primero que hizo fue ir a dar un vistazo a la criatura del cual él guardaba y protegía, fue a verlo a la pequeña cajita con techo abierto y alfombrado con un pedazo de toalla que él mismo había facturado y lo había dejado por una esquina de su sala, pero no lo encontró. “¿A dónde habrá ido?”, se preguntó, y fue a buscarlo por las inmediaciones de la sala. Revisó por todas partes de la casa y nada, había ido a revisar en la cocina, la sala, el comedor, el patio, los pasadizos, el cuarto de sus padres, el depósito, incluso en el baño, y nada. “¿Qué raro? ¿Dónde podrá estar?”, se interrogó, y luego se acordó que el único lugar a dónde no había ido a buscar o revisado bien si quiera había sido su cuarto, y él dijo: “De repente está ahí”, y fue para allá. Cuando estaba yendo a su cuarto también se preguntó, luego de haber revisado casi bien la casa: “¿Y la gata blanca? También desapareció, ¿qué extraño?”. Y pensando en ello llegó a su cuarto.
Él curiosamente ni bien se despertó no prestó suficiente atención a su cuarto y se fue dejándolo todo en desorden, por la simple razón de primero ir a darle un vistazo al gatito en cuestión. Para cuando entró y se puso a revisar su cuarto, justo al momento en que se puso a revisar su cama y levantó la frazada en el aire se ganó una sorpresa tan inesperada como buscada, tan inquietante como pasmosa, tan real como inimaginable, y sobretodo tan chocante como curiosa, la sorpresa de encontrar una masa deforme, negra y parda, aplastada y con pelos, la criatura que tanto buscaba. Luego, cuando salió de su sorpresa y estupefacción, se había dado cuenta que lo que había sentido en la noche anterior no había sido más que al pobre gatito, quien llevado por su malvada madre había ido a parar a la asfixiante, desoladora, oscura y aplastadora muerte.

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