
Porque en Rumania es un lugar remoto,
una zona montañosa y de difícil paso
antiguamente localizada
en la frontera entre Transilvania y otras tierras.
Construído por el príncipe Vlad III de Valaquia,
más conocido,
por la obra de Bram Stoker,
como el legendario Drácula.
Construído por nobles esclavizados,
que salvaron de ser empalados,
que no obstante murireron,
siendo sus huesos parte de los muros.
Construído en la punta del cerro,
ya alejado y tétrico,
resguardaba el paso,
a las tierras del príncipe,
de los turcos enemigos,
enemigos a la vez del cristianismo.
De ahí Vlad les emboscaba,
lluvia de flechas caían,
por el estrecho paso,
maltrecho y angosto,
muchos guerreros caían,
y como si fuera poco,
a los sobrevivientes los empalaba.
Festín de sangre tuvo Vlad
en sus constantes guerras,
muchos guerreros caían,
aliados o enemigos,
y ahí estaba él
que gozaba de la carnicería.
Y por si fuera poco
a los sobrevivientes los empalaba.
¿Era loco él? ¿Lo disfrutaba?
Sólo él lo sabía,
mas se dice que lo que hacía
estaba justificado.
¿Acaso no vale más defender
lo propio y digno,
así nos valga la cabeza?
Así pues defendió,
incluso hasta su muerte,
el avance otomano a occidente,
como los espatarnos con los persas,
como los españoles con los moros.
Luchó y defendió desde su castillo,
aunque llegando a extremos,
aunque de forma sanguinaria,
hasta que le llegó la hora.
Y tras su muerte y leyenda
se hizo inmortal.
Su castillo quedó para la posteridad,
como vestigio de su obra,
magna y oscura,
violenta y épica.
Por que en guerras, por si fuera poco
hasta a los sobrevivientes empalaba.

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